Virgilio Vallmajó Exposición en La Caja China.
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  • Exposición en La Caja China
  • Autor : Virgilio Vallmajó

Otras Obras

Virgilio Vallmajó

Virgilio nació el 13 de mayo de 1914 en Olot, provincia de Gerona. Esta ciudad de 30.000 habitantes es famosa por su escuela de pintura paisajística post-impresionista y sus fábricas de estatuaria religiosa que hicieron de ella el "Santo Sulpicio" de España, exportando al mundo sus producciones de un gran realismo. En uno de estos talleres Virgilio, todavía adolescente, se iniciará en la pintura. Pero este joven de alma vagabunda y curioso por naturaleza, se encontró culturalmente aprisionado en su pequeña ciudad, al margen de la información y de las novedades artísticas. A los dieciocho años se trasladó a Barcelona para llevar una vida bohemia y conocer un mundo impregnado de las nuevas aventuras del arte moderno, puesto que seguían latentes las huellas dejadas por Picasso pero también por esos artistas extranjeros que entre 1914 y 1936 vivieron en la capital catalana ( Picabia, Gleizes, Charchoune, Dalaunay,...). En la primavera de 1936 efectúa un viaje a Madrid, donde descubrió El Prado y la primera exposición de Picasso en España. Virgilio tiene veintiún años cuando estalla la Guerra Civil en el verano de 1936; vuelve a Olot donde lleva a cabo sus primeras acciones revolucionarias para luego integrarse en un batallón compuesto por militantes anarquistas y de las F.A.I. Luchará en el frente de Aragón, Zaragoza, Huesca y en el infierno de la terrible batalla de Belchite. La guerra, más allá de su violencia, es un lugar de encuentros, donde coinciden, al albur de los movimientos de las tropas, músicos, pintores, escritores; como Rafael Alberti y su “Teatro Poético” que visita los regimientos republicanos. En su contacto con las Brigadas Internacionales Virgilio perfecciona su francés y traba amistad con hombres a los que pronto volverá a ver en París. El 8 de febrero del 39, pasa la frontera con el flujo inmenso de refugiados, pegado a la ventana del vagón… Es internado en el campo de Argelès, de donde se evade para dirigirse a París. Pero su camino se detendrá provisionalmente en el hospital de Montauban, por lo precario de su estado de salud. Le diagnosticarán tuberculosis. Es en este hospital donde conoce a su futura esposa. De ahora en adelante la vida de Virgilio se dividirá en un tríptico: amor, sufrimiento y arte. Es ésto último lo que le empuja a París. Allí encuentra camaradas de guerra, descubre un ambiente artístico rico y dinámico que le acoge calurosamente. Le veremos en el " Vieux Dôme", cuartel general de Picasso, donde recibe a los perdidos refugiados de España. Virgilio es presentado al maestro de Málaga, se ven regularmente, hasta que éste le invita a su estudio. Virgilio realiza varios retratos del maestro, quien le corresponde igualmente con alguno. Picasso aprecia los propósitos políticos, justos y originales del joven catalán y le anima a ir más lejos en su pintura, y a materializar con más exigencia sus ideas, con el fin de sobrepasar un cubismo demasiado analítico. Mantiene largas conversaciones con Jaime Sabartés, el poeta que actúa como secretario de Picasso. Virgilio se siente apasionado por los filósofos franceses; de hecho tiene en su mesilla el "Diccionario Filosófico" de Voltaire.

París se reunirá habitualmente con el pintor y el poeta españoles. Realizará decenas de pinturas en las cuales se ve desa - parecer progresivamente la anécdota, en favor de formas cubistas cada día más depuradas. Algunas de estas obras serán expuestas en la Galería Cartelucho, que presenta a otros artistas españoles como Clavé y Grau Sala. Empujado por esta nueva guerra, y la enfermedad que le va minando, Virgilio vuelve al Sud-Oeste, a la Francia libre, y se instala en Toulouse. Allí halla un ambiente favorable para pintar y se reencuentra con viejos amigos que también se habían instalado en esta nueva capital de la España libre en el exilio. Entabla amistad con el pintor Camps-Vicens, antiguo capitán de la Armada republicana, que trabaja a la manera fauvista. Se encuentran frecuentemente ya que ambos viven en casas próximas, cerca del Garona. Esta época atormentada, en plena guerra, mientras su estado de salud se deteriora progresivamente, es para Virgilio un momento de intenso trabajo. Su esposa, muy valiente, le ayuda en todo cuanto le es posible para que realice su obra. Una obra que le domina totalmente, como una droga, ya que pinta día y noche, como si presintiera su próximo fin. Pinta sobre todos los soportes que puede encontrar en esos tiempos de penuria (manteles, toallas, tablas…). Su técnica es simple y recuerda a la de los pintores al fresco del románico, de los que se siente sucesor. Pasa temporadas en el sanatorio de Amélie- Les-Bains, en esta región que le acerca a su España, donde descubre Colliure y la Costa de Vermeille, que le inspiran varias de sus pinturas. Agosto de 1947, en su apartamento de Toulouse, la luz del atardecer baña centenares de lienzos enrollados o colgados de las paredes. Los últimos han perdido las curvas de antes para no ser más que capas que se dirigen hacia un monocromismo certero. Después de Malevitch, cierto, pero antes de Rauschenberg y Kleine. En estas tórridas jornadas de verano, las últimas miradas de Virgilio vagan sobre el Garona en calma; luego el sol se pone definitivamente bajo un arco del Pont-Neuf... Hoy, más de medio siglo después de su muerte, la obra de Virgilio hace su reaparición y nos sorprende por su variedad, su densidad pero también por su modernidad. Ella refleja la experiencia de un artista que ha sabido desarrollar la última fase del cubismo, analizando y luego sintetizando los objetos del mundo visible en un espacio fragmentado que concentra sus líneas de fuerza sobre un objeto central: una guitarra, un porrón, una barca o una forma geométrica. Es una obra salvaje la suya, concebida en el secreto, como si el dolor y la exigencia de la creación le intimasen el silencio, hasta el punto de no divulgar nada de sus avances en el arte moderno y de tocar así la mayor humildad. Virgilio había entrado en religión; él, el anarquista, se había abierto la puerta de lo sagrado. Con treinta y tres años, va hasta el final de su obra que lleva hasta lo más lejos y bascula hacia un arte esencial y despojado hasta tocar el color y la forma únicas más allá de los cuatro costados del cuadro. Así, como una estrella fugaz; ¡Virgilio ha atravesado la Historia! Carmen Alzina

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